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08/12/2007 - LOS CALLOS DEL SERRANO-Herguijuela de la Sierra

202 km. 12 motos con 19 moter@s. Actúa de pájaro guía Pepe y Yolanda. En San Martín nos esperaba Emilio "serrano" y en Herguijuela Toti.

La ruta de ida por Tamames y Sequeros, y un poco despistados llegamos al Mirador de la Cruz a disfrutar de unas magníficas vistas de la sierra. Volvemos sobre nuestros pasos en busca de Emilio "Serrano", y lo pillamos en San Martín. Paso por La ALberca, que estaba atestada de gente, dirección a Herguijuela.

Ya nos estaba esperando Toti para tomar el reglamentario aperitivo en el bar (qué jeta más rica). Y… a la bodega a por los ansiados callos que estaba cocinando su madre. Un rico queso en aceite para calmar el apetito y hasta untamos el aceite de lo bueno que estaba. Arremangados llega la primera cazuela de callos, y la segunda, y después unas tapas de chori y más queso de reserva, con el buen vino cosechado y elaborado por el propio "Serrano". Y para remate unos dulces y aguardiente caseros.

Bajamos a Sotoserrano a tomar café en el Cotolina, de nuestro amigo Jose, y unas partidas al futbolín, unos karaokes y un buen rato de discoteca. Llega la hora de volver después de haber pasado un estupendo día en la sierra en compañía de buenos amigos. La ruta de vuelta la hicimos por Cepeda, Miranda, el puerto de Frates (1001 m), entre San Miguel de Valero y San Esteban de la Sierra, pasamos por Linares  ya con la noche caída, llegando a Salamanca sin contratiempos.

Carlos, Jose Riesco, Luis, Félix, Floren, Toti, Emilio "Serrano", Pepe y Nieves, Pedro y Lola, Fernando y Nieves, Pepe Revi y Paqui, José Angel y Nines, Pepe y Yolanda, Tito y Angela.

Gracias a Emilio por sus callos y a Jose del Cotolina por su discoteca.


LOS CALLOS DE EMILIO, EN HERGUIJUELA DE LA SIERRA Por Félix

Resonaban aún en nuestras mentes los ecos de la ruta anterior, de la que no habían pasado cuarenta y ocho horas, cuando ya estábamos iniciando otra.

Día soleado, 14º y un pedacito de primavera a la puerta del invierno, la calma que precede a la tormenta.

Esta vez la cita era a las 11:00 para comer unos callos en el corazón de la Sierra de Francia. Siendo todos puntuales se inicia la marcha en el horario previsto; ya en ese momento comienza una andanza, digamos, diferente: todos arrancamos excepto la moto más nueva del grupo, la Deauville de Tito, que entonando el “mea culpa”, recuerda que ha hecho una instalación eléctrica, quizá sin demasiados conocimientos, pero amplio atrevimiento. Acompañado de Pepe Revi y Félix, se descubre y soluciona la “avería” retomando la ruta instantes después que el resto del grupo.

Circulando por la archiconocida por todos carretera de la sierra, el grupo de amigos que somos y que habitualmente rodamos en relativo orden, hoy, como por arte de meigas, circulamos cada uno al libre albedrío. A la cabeza del grupo como pájaro guía rodaba Pepe y Yolanda, seguidos del pelotón motero.

En el grupo rezagado por la “avería “ de la Deauville se puso en cabeza el Calvo, que tratando de acortar distancias, aumentó la velocidad de crucero, sin percatarse que José Ángel y Nines con la Burgman se habían parado a esperar y no podían mantener ese ritmo.

Como quiera que el día fuera fabuloso y la carretera invitara al disfrute, se fue manteniendo el inusual compás por parte de algunos que a la cabeza del grupo aceleraban en las curvas y esperaban en las rectas. De este modo a la entrada de Tamames, se detuvo la marcha para reagruparnos todos. Pero como sucedió en el cuento de la liebre y la tortuga, los más sosegados continuaron manteniendo la marcha sin detenerse, para a la salida de la misma población equivocarse algunos de ruta, desmigándose ya por completo el conjunto.

Sabiendo que la cita era en Sequeros, y que el camino a seguir era de los más disfrutables de la zona, dio inicio un pequeño rally al que solo le faltó el improperio para el que llegara el último. Al llegar al punto convenido, como no íbamos al lugar de costumbre, sino a un enclave próximo, de singular belleza para hacer unas instantáneas del grupo, Luís se quedó esperando que acabara el goteo de moteros, indicando el citado lugar; a todos menos a José Ángel que continuó breves momentos hasta que se le echó en falta.

Reagrupados todos, y disculpados con el perjudicado, hicimos las fotografías de rigor. Reiniciamos la marcha ya en orden habitual, para encontrarnos con Emilio el Serrano, en cuya bodega estaba previsto acabar con los callos que su madre estaba cocinando.
Éste salió a buscarnos hacia la localidad de El Cabaco, pero cuando supo que estábamos en Sequeros nos citó en San Martín, donde nos encontramos y nos guió por carreteras secundarias de extremada hermosura entre robles cobrizos a la sombra de la omnipresente Peña de Francia.

Al paso por La Alberca, la superabundancia de turistas ralentizó la expedición durante unos minutos. En la bajada hacia La Herguijuela, el Calvo, como siempre, aprovechó para disfrutar de las curvas de perfecto trazado y excelente firme, esperando a los demás en el desvío.

Una vez en el pueblo donde nos esperaban las viandas, la algarada fue total: pitos, gritos y demás hasta poder estacionar las motocicletas en la plaza. Invadimos el único bar del municipio, ante el pasmo de los vecinos que admitían de buen grado nuestra presencia y humor. Una vez que acabamos con las existencias de pinchos de geta, de morcilla, después de hacernos fotos con las poses más inauditas, sexys y grotescas; nos encaminamos hacia la bodega del Serrano, en otro tiempo ocupada por el mulo que la familia utilizó en labores del campo.

Nos obsequió con un fascinante queso en aceite que tardó más en poner sobre la mesa que en desaparecer dentro de nuestros paladares. No menos seductor era el vino que acompañó toda la pitanza. Aparecieron los callos, cinco kilos y medio que en un abrir y cerrar de ojos engullimos entre bromas, risas y más vino.

Tras semejante manjar, las señoras del grupo se ausentaron regresando cargadas de bizcochos y dulces, que saboreamos ya con carcajada facilona y más vino claro. El hospitalario Serrano engrandeciendo su acogida, nos ofreció unas botellas de guindas y cerezas conservadas en aguardiente, para mejor saborear los dulces. Cruel final de aquellos frutos, que disfrutaban en su frasco del elixir que los mantenía, el cristal no sufrió, mas el líquido elemento se desvaneció, de las picotas y guindas solo los tallos y los huesos quedaron.

Las bromas, risas, carcajadas, no cesaron; pero con el abrigo del licor, aumentaron y se acompañaron de cánticos; las miradas perdidas, las sonrisas permanentes denotaban la satisfacción del momento y nos acompañaron hasta la vecina localidad de Sotoserrano, al bar discoteca Cotolina a tomar unos cafés.

Una vez allí el desmadre fue aún mayor: comenzaron algunos, Tito y Félix, intentando seguir con sus alaridos el karaoke de los últimos éxitos del momento, sumándose al lastimero espectáculo la mayoría del grupo, con sus jadeos y aplausos. Otros en el futbolín recordaban su niñez. Estruendoso final del recital al conectar a todo volumen la discoteca, acudiendo en masa todos los moteros y acompañantes. Cubatas ahora. Movimientos pélvicos imposibles, agitación capilar de quien podía, sudorosos todos, recordando nuestra juventud discotequera, bailamos sin parar, contagiamos a los vecinos del lugar.

Luego cansados, agotados, y muy abrigados regresamos a casa. Por supuesto no olvidamos de despedirnos de Emilio, su mujer y los amigos que como siempre, donde vamos, dejamos. El regreso. como la ida. fue sin orden ni concierto, fue tranquilo hasta Linares de Riofrío, donde algunos pararon a repostar, como los demás no se detuvieron, el Calvo con la pan los adelantó a todos e hizo señales para esperar a los demás.

La carretera en obras hasta poco antes de Vecinos complicó levemente el trayecto por la cantidad de polvo que se originaba a nuestro paso. En esta localidad, nos detuvimos para reagruparnos. El grupo decidió ir a casa de Ángela y Tito a tomar chocolate con churros, y Félix que aunque impulsivo, no es rencoroso y acudió a obsequiarlos con champán.

Otro día maás la jornada motera acabó en fiesta. El vino de la comida, el aguardiente de las cerezas, los cubatas y demás, lograron que acabáramos todos calientes componiendo el himno del motoclub:

“somos moteros, moteros sin prisas,
y los de las erres nos dan mucha risa”.

 
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