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25/11/2007 - TOLEDO

Visita a Toledo por Carlos R1150RT y Félix Paneuro                                  
Domingo, 25 de noviembre de 2007.

La mañana comenzó fría, las resbaladizas rotondas presagiaban que habría que tener cuidado en el asfalto. Cuando Félix llegó a la sede, ya le esperaba allí Carlos. Después de un buen café calentito, convencidos de que éramos sólo dos los valientes y auténticos moteros, iniciamos el camino al centro peninsular que en otro tiempo fuera capital del Reino: Toledo.

En el termómetro de la Pan del calvo se registraba tan solo 1ºc, aunque con la calefacción a tope y el equipo invernal al completo se hacía llevadero. Después de 90 kms. de negro asfalto, que multitud de roderas sobre la sal antihielo  transformaba en una carta de grises, llegamos a Ávila. Eran las 10.45; la temperatura había bajado hasta -1ºc, fotos de rigor en la muralla, café, pincho y continuamos ruta. Saludamos al pasar a Nta. Sra. de los Sonsoles en su ermita con su cocodrilo haciéndole compañía e iniciamos el ascenso al Puerto de la Paramera. Las tierras de labor que hasta ahora se alternaban con dehesas para el ganado se convierten en desnudos páramos en los que los rigores del invierno, que aún no ha llegado, transformaba el verde habitual del reino vegetal en un blanco cristalino muy vistoso, pero de poco disfrute motorista: rodamos a -3ºC.

Comenzamos a descender todo lo que antes hemos subido y más aún. El páramo helado deja paso de nuevo a las dehesas, donde pastan tranquilas las aquí típicas vacas negras avileñas. La carretera corta en dos la localidad de El Barraco, cuna de famosos ciclistas. Tras un sinfín de curvas enlazadas de perfecto firme y trazado que no disfrutamos por la precaria adherencia de la vía, aparece a nuestra derecha el pantano de El Burguillo con sus barcos de un solo mástil anclados en la orilla, panorámica perfecta del Valle de Iruelas.

Seguimos rodando, calmados, al trote.  El pedregoso monte bajo se convierte en frondosos pinares; por fin el frío se desvanece y nos cruzamos  con varios moteros R de coloridos disfraces que con total seguridad proceden del Puerto de la Cruz Verde, muy próximo a la ruta de hoy.   San Martín de Valdeiglesias y su castillo centenario nos da la bienvenida a la provincia de Toledo.   

Los castillos, en diferentes estados de conservación, que antaño cobijaron las huestes de la Reconquista, salpican insistentemente la ruta. Almorox, ahora la carretera es casi recta, cruzamos el río Alberche, otro castillo, éste es el de Escalona.  Continuamos rodando, luce el sol ya con fuerza, la temperatura se ha tornado muy agradable 12ºc. Decenas de fábricas de cerámicas jalonan el camino en el que camiones sobrecargados  han marcado incomodísimos surcos.

Un castillo más que nos saluda al pasar, éste en perfecto estado al lado de la  A-5 que cruzamos por debajo, estamos en Maqueda. Seguimos nuestro recorrido, como siempre, sin prisa pero sin pausa.  Torrijos, carretera en obras, aumenta el tráfico; tras una loma aparece nuestro destino de hoy: Toledo; la que fuera capital del imperio en el que no se ponía el sol, rodeada por el Tajo.

Cruzamos el río y buscamos un mirador por hacer unas instantáneas para la posteridad, con el Alcázar (S. XVI) y la Catedral (S.XIV) al fondo; estacionamos las motos  junto al primero, y, como todos los viandantes nos escandalizamos con el gratuito espectáculo ofrecido por dos jóvenes aislados por el amor de la fría realidad.

Paseamos por el Toledo antiguo, donde en otro tiempo viviera El Greco y dejó alguna de sus mejores obras, saturado de tiendas para la venta de las afamadas espadas toledanas y cerámicas reconvertidas en souvenirs para turistas.   Comprobamos en nuestro deambular cómo antaño judíos, árabes y cristianos convivían en paz aquí, sinagogas, mezquitas e iglesias se mezclan en ésta que fue la tierra de correrías de D. Quijote y Sancho Panza.

Nuestros estómagos vacíos avisan que es hora de reponer fuerzas, sin ninguna complicación hallamos un lugar en el que satisfacer nuestras ansias: migas manchegas, sopa castellana y ciervo estofado regado con un buen tinto recomponen y caldean nuestras entrañas.

Después continuamos con  la visita, curioseando en cada esquina ya sea una tienda de antigüedades o cualquier edificio de estilo mudéjar de los muchos que se pueden admirar. Toledo por su situación orográfica es como un tobogán repleto de empinadas, a la vez que estrechas, calles que siempre hay que subir.

Paso a paso, fuimos retomando el camino hacia el punto donde habíamos dejado estacionadas nuestras motos; las encontramos tal cual las dejamos: en compañía de otras congéneres suyas, iniciando así el regreso a casa con el convencimiento en nuestro ánimo de volver en otra ocasión con más tiempo para mayor deleite, la vuelta transcurrió sin frío, sin sobresaltos, con la mínima excepción de un abandonado can despistado sobre la carretera que si bien no supuso ningún riesgo, nos hizo extremar las precauciones al pasar a su lado.

El sol se fue a dormir definitivamente al mismo tiempo que divisábamos la capital del río Adaja, donde haríamos la ultima parada antes de llegar a casa. Una vez repostados motos y moteros, el retorno se concluyó de forma positiva, acabando la jornada como la empezamos: en la sede, felices ambos de haber realizado otro viaje a lomos de nuestras fieles monturas.
 
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